domingo, 2 de agosto de 2015

El dilema de la blattodea

             Misteriosas son las causas que provocan que en una cucaracha se despierte una conciencia parecida a la humana: de conocer este hecho, hay quienes dirían que en esto se ve la mano del karma hindú; otros podrían señalar los maravillosos milagros de la madre naturaleza o la causalidad, y un tercero quizá nos hablaría de los insondables designios de Dios. Sin embargo, por la incapacidad de estos desagradables insectos para comunicarse, la humanización de la blattodea es desconocida para el género humano, exceptuando quizá el caso de unos pocos artistas que han logrado intuir cierta sensibilidad consciente en las cucarachas, así como otros las han descubierto en las piedras, en el paisaje o hasta, para risa de algunos, en los humanos.
            Son pocas las cucarachas que nacen con esta conciencia especial, indescriptible como todo pensamiento ajeno. Al hablar de esta, claro está, paso las ideas de nuestra heroína a términos "humanos", los cuales tendemos a pensar -erróneamente- como medida universal de pensamiento.
            Blatelina se llamaba en honor a su raza. Sus primeros pensamientos fueron difusos y grises, como los de todas sus congéneres: comer, dormir, crecer, reproducirse... ¿Morir?: se horrorizó ante esta última idea e, instantáneamente después, se horrorizó de su capacidad de horrorizarse. La idea del fin de su existencia la llenó de un vértigo indescriptible, un vértigo que ella sabía antinatural para su especie. Podía preguntarle a cualquiera de sus compañeras, y ninguna se inmutaría en lo más mínimo ante la mención del cese de la existencia. De hecho, no se inmutarían ante nada, nunca, pues esa era su naturaleza, la única preocupación de la que la madre naturaleza las había dotado: consumir, reproducirse, morir.
            Y bien que lograban su tarea en la vida. Blatelina vivía entre las paredes de la habitación de un hombre viejo, casi un ermitaño. El hombre (la cucaracha arbitrariamente lo llamaba  Sicez) pocas veces salía de su cuarto, cuyo mobiliario se componía únicamente de una cama, una mesa y un retrete. Sicez pasaba sus días leyendo gruesos biblioratos encuadernados de rojo, escribiendo en una pila de papeles, echado en su litera mirando al cielorraso y comiendo. Esta última actividad, por motivos obvios, era la favorita de sus compañeras: ni bien Sicez apagaba la luz, todas salían en tropel chillando de alegría, subiéndose a la mesa y devorando con fruición las sobras que su compañero humano había dejado atrás. 
            Cada final del día era testigo de las incontables orgías que se llevaban a cabo en el cuarto de Sicez, orgías en donde los instintos animales de las cucarachas se desataban callada y organizadamente, sin rastro alguno de vicio o desenfreno. Blatelina, sin embargo, solía mirar con desagrado los festines que sus camaradas se daban entre los restos de pollo, pasta o sopa; con delicado recato siempre comía lo justo y necesario, dejando el resto para las que todavía no habían podido comer nada.
            La hora de dormir era, como ya dije, la favorita de las cucarachas normales. Blatelina, no obstante, dedicaba sus días a observar al viejo que convivía a regañadientes con ellas. A diferencia de sus congéneres, que odiaban y adoraban como un Dios de la muerte a Sicez, ella solo sentía curiosidad por él, una especie de hermanamiento que iba más allá de las fronteras del tiempo y la especie. Por supuesto, era incapaz de leer los gruesos libros que el humano devoraba, pero, con el tiempo, logró descifrarlos a través de las reacciones del viejo. Algunos le provocaban risas, otros, una mirada noble, lejana, que ella sola de entre todos los seres minúsculos que poblaban el cuarto podía llegar a comprender. Los que le provocaban llanto era, por mucho, los más numerosos: la blattodea aprendió sobre la tristeza la primera vez que vio a Sicez derrumbarse de su silla, aún aferrando el libro contra su pecho, y llorar amargamente por mucho tiempo. Algunas cucarachas, más atrevidas o más hambrientas, salieron a buscar migas al notar la inmovilidad casi arbórea del viejo. Este las miró corretear por el piso y, contrariamente a lo que sucedía siempre, las dejó hacer. No levantó la bota ni la mano contra ellas: sólo las observó con los ojos enrojecidos y un esbozo de sonrisa.
            ¿Qué palabras secretas, qué ideas habitaban los libros que sólo Sicez podía leer? ¿Cuál era el extraño poder que contenían, capaz de hacer olvidar a su lector su propia naturaleza de destructor, de superioridad infinita ante el asco que provocaba su raza? Blatelina solo podía imaginarlo en sus sueños más desenfrenados.
            Intentó imitar el ejemplo del viejo y llorar, pero las cucarachas no están dotadas de las glándulas necesarias para hacerlo. Después de largos días de práctica, solo había logrado emitir un fuerte zumbido con las alas, que, ante la imposibilidad de conseguir algo análogo a lo que hacía el humano, ella determinó como llanto. El mover las alas de esa manera la dejaba exhausta y confundida, justo como parecía quedar el viejo luego de sus ratos más tristes.
            Algunas noches, mientras las demás devoraban las migas y restos que Sicez había dejado, ella caminaba un par de centímetros más allá y se subía sin esfuerzo a los gruesos tomos del viejo. La parte superior, donde se hallaba parada, estaba cubierta de gruesos trazos, que pudo comprender eran letras, idea tremendamente compleja para una cucaracha; siquiera pedirle que las entendiese sería un esfuerzo de imaginación. De poder hacerlo, sin embargo, habría podido leer
"OBRAS COMPLETAS
           ----------
    Hermann
     Hesse

Seix Barral"

y en el libro que estaba más allá
"PARADISE LOST
by John Milton"
            De haber podido entender letras y las palabras que forman, Blatelina se hubiese hallado casi tan a oscuras como en ese momento. Todo su ser vibraba, se conmovía con la presencia del misterio más grande que podía concebir. Necesitaba abrir esos libros, necesitaba saber qué contenían, que gloria se hallaba entre sus hojas. Se conformaba, sin embargo, con la conciencia de una grandeza mucho mayor que la que cualquiera de las cucarachas que devoraban ahí abajo podía siquiera sospechar. Las miró con lástima desde arriba de las obras completas de Hesse, y alguna que otra de las de abajo le devolvió otro tanto: ya no quedaba más comida en el plato del viejo. 
           
            Cada día el anciano leía más y lloraba más, y ella lo acompañaba desde las sombras, en su agujero mohoso en la parte superior de la pared. ¿Por qué estaba condenada al pensamiento en una especie despojada de este? Sí, podía haber otras como ella, miles, cientos de miles quizá, pero realmente daba lo mismo. Si Sicez estaba solo en una especie que tenía el don de comunicarse entre sí... ¿Cuánto más sola habría de estar ella, que no era más que una simple cucaracha, arrastrándose entre la mugre y la basura de una especie más grande? Si Sicez, en posesión de esos maravillosos libros que lo hacían sentir, dotado de la voz, de la enormidad, del llanto, de la risa, de la mujer que le traía comida todos los días, de la maravillosa radio que todas las tardes producía sonidos maravillosos, enormes, e incomprensibles que sentía en cada pelito de su cuerpo, trasladándola a mundos más complejos y mejores... Si Sicez con todo eso era desdichado, ella estaba destinada a la más profunda desgracia. Su tragedia era la tragedia última, la más grande en todo el mundo, así como también (o justamente por eso) la más irrelevante. Durmió como pudo, presa de la más profunda desazón.
            No la despertó el ruido habitual a toses y orines del viejo a levantarse, sino un silencio sepulcral. Por lo que pudo observar, los refugios que sus compañeras habían logrado encontrar en las paredes, pisos y techos estaban vacíos, cosa extraña cuando todavía había luz solar en la habitación del humano. Corrió como pudo hasta el sócalo donde solía observar el cuarto, y se encontró con el ominoso cuerpo de Sicez colgando en el medio de la habitación. Se balanceaba tristemente, como si estuviese cantando una canción de cuna para si mismo: el olor a muerte, tan agradable para los insectos, la puso enferma. La mesita que usaba para comer se había desplomado, y las demás cucarachas pululaban por doquier, intentando llegar al cuerpo del viejo para sorber su piel o, en el mejor de los casos, mordisquear las partes blandas del cadáver.
            Blatelina hizo zumbar las alas hasta lastimarse. Lloró durante minutos, durante horas ante el cuerpo muerto del único ser que quizá, en algún sueño descabellado, podría haber llegado a comprenderla. Lloró a su manera, con rabia, con tristeza, con angustia, con esperanza: lloró hasta que solo quedó una sensación de vacío en su cuerpito invertebrado.
            Pasaron un par de días y un pequeño grupo de humanos entró para retirar el cuerpo de Sicez, con grandes muestras de asco. Ante la muerte de la única fuente de comida, las cucarachas abandonaron poco a poco el lugar en busca de hábitats mejores: a cien metros de donde se hallaban habían puesto un restaurant nuevo, la tierra prometida.
            Blatelina se quedó en el cuarto del anciano. Con el hambre y la soledad punzando su pequeño cuerpo insectil, se dedicó a vagar por cada centímetro de la estancia: sus patitas recorrieron los libros que Sicez había leído, la almohada dura donde había reposado su cabeza, el inodoro donde había orinado. La cucaracha se dejó arrastrar por el torrente de la nostalgia, casi enloquecida por el dolor de saberse única y, al mismo tiempo, aterradoramente igual que el resto.
            Había llegado el momento. Así como había aprendido a sentir gracias a Sicez, seguiría su ejemplo y dejaría de hacerlo. Con lentitud, saboreando los últimos momentos de su existencia, subió al gran armario que la dueña de la casa había metido en el cuarto, usándolo como depósito tras la muerte de su huésped. Su primer pensamiento había sido el miedo a morir; el último sería el anhelo de esto. No había tiempo para pensar. Pensar es morir en vida.
            Miró el abismo desde arriba del ropero. Por su naturaleza, jamás le había tenido ninguna clase de temor a las alturas. Ahora lo tenía, y en una cantidad tan grande que la ahogaba.
            Se arrojó al vacío.
            Velocidad insospechada seguida de negrura insondable.
            Sus propias patitas agitándose, enmarcando la visión del cielorraso.
            La proverbial dureza de su especie le impedía la muerte. Su linaje había sobrevivido inundaciones, cataclismos, glaciaciones y lluvias de radioactividad: debería haber supuesto que una caída desde un ropero quizá no la mataría. Sentía un dolor intenso, sí: la espalda resquebrajada, la cabeza como fuera de lugar. Movió un poco las antenas en el gesto que simbolizaba "ironía": la situación era tan demencial que no podía hacer otra cosa que reír. Un número gigantesco de cucarachas habían muerto desde el principio de los tiempos para llevarle toda la información genética que le permitiría sobrevivir, ella intentaba morir a propósito... Y fallaba. Que irrelevante, que vulgar, que sinsentido tras otro era la vida. Los dolores agónicos y la tristeza que sentía la obligaron a dormirse, con las patas apuntando al cielo, moviéndose sólo por reflejo.

            Se despertó con la cara de una humana a un metro y medio, observándola fijamente: la dueña del cuarto la miraba con un ligero asco. Tenía el ceño fruncido, como enojada ante la imperdonable intromisión de un ser tan bajo y repugnante en un templo de limpieza como era su casa. "Señora, si supiese cuantas de nosotras degustamos su comida antes que usted..." pensó Blatelina, con malicia. Bueno, por fin iba a morir.
            ¿Quería morir? Volvió a sentir el primigenio instinto dentro de ella. Comer, reproducirse, vivir. Vivir, no morir antes de comer y reproducirse. Comer, reproducirse. Reproducirse, vivir. Vivir.
            Lloró un poco zumbando las alas, en un movimiento patético. Extendió y contrajo las patitas, intentando darse vuelta y escapar de la humana que la miraba, cada vez con más asco ante la danza repugnante de la cucaracha herida.
            ¿Veía compasión en su cara? No, debía ser imaginación de ella. Casi dudó de su cordura cuando la casera la levantó tiernamente con una hoja de diario y la enderezó. Se arrastró como pudo por entre sus propios jugos (la caída no la había dejado indemne: en el piso había un líquido blanquecino que antes había estado dentro de ella) y caminó rengueando, escapando del demencial acto que la humana había perpetrado. La idea de misericordia se fue formando en ella, algo que jamás había podido concebir.
            Por unos segundos, no había estado sola. Alguien había destinado un pensamiento, unos segundos del corazón con tal de procurarle un bien. Su existencia valía algo, aunque sea una migaja más que nada.
            Blatelina dejó el cuarto, zumbando las alas y moviendo las antenas, "risa" y "llanto". Agradecía a la naturaleza y a la casualidad, su idea de Dios, haber sido ella entre todas la elegida para experimentar el milagro.
            Pasó al cuarto siguiente, herida pero viva. El mundo era ancho y ajeno, sí, pero seguiría existiendo.

            Con el tiempo se le curó la espalda, quebrada por la caída. Pudo volver a correr y volar, teniendo en estos sencillos actos animales todo el disfrute que podía sentir. Cada tanto recordaba a Sicez leyendo y llorando y sentía una tristeza difuminada, como quien sufre el recuerdo de un recuerdo. Las alas ya no podían zumbar como antes, así que nunca lloraba como solía llorar el humano.
            No pasó mucho hasta que comenzó a dedicarse únicamente a comer y reproducirse. Después de todo, sólo era una cucaracha.

jueves, 11 de junio de 2015

La misma playa

            "El suicidio, amigo Diego, es el último y único bastión del libre albedrío. Es la rebelión máxima, el escape infinito, el salivazo más grande en el rostro de la sociedad y lo que espera de nosotros. ¿Qué cobardía, qué patetismo puede haber no en escapar sino en destruir completamente una lucha inganable?" Todavía recuerdo textualmente lo que me decía: Martín Bonavena estaba radiante esa noche, mirando las luces de la ciudad desde la escollera donde estábamos sentados, fumando cigarrillos baratos. Hacía frío y el viento nos picoteaba la piel como si fuese un cuervo y (no se diga que mis metáforas carecen de ironía) nosotros fuésemos cadáveres. Continuó su discurso con el pelo crecido tapándole salvajemente el rostro.
            "No hay vergüenza en lo que quisimos hacer. Vergüenza debería de tener el mundo, que nos puso una pistola en la boca y el índice en el gatillo. Vergüenza tendrían que tener los políticos, los tratantes, los asesinos, los violadores, los curas. ¿Vergüenza nosotros, por disponer libremente de nuestra muerte? Vergüenza, vergüenza, la vergüenza mueve al mundo como un resorte vencido. Nadie hace lo que quiere por miedo a la opinión ajena: la maldición de habernos elevado por sobre nuestros compañeros animales y volvernos seres pensantes.
            Y cuando estamos en ese patético círculo de sillas, lleno de gente patética como nosotros expresando sus patéticas historias de patéticos intentos, ahí sí tengo ganas de morirme. Me afecta mucho más no haber tenido los huevos para matarme bien que haberlo deseado en algún momento... Saber que ni siquiera puedo triunfar hasta en el fracaso último..."
            Dio una pitada profundísima al cigarro y lo arrojó. Las aguas bailaban debajo, negras, con ocasionales destellos prestados por la cabellera de neón de la ciudad. Era una visión magnífica y terrible: un hombre muerto en vida, parado en una pose como de conquistador antiguo, con la luz selénica y la artificial peleando en su cara, como si fuese una metáfora (o mejor: la encarnación) de la posmodernidad. Martín Bonavena podría haber sido un gran hombre.
            "Cuando era pendejo me gustaba mucho escribir sobre matarme. Largas cartas suicidas, como si fuesen de práctica porque sabía que todavía había un montón de cosas que quería hacer. Cuentos larguísimos sobre japoneses que se sacaban las tripas y pintores que hacían cuadros con su propia sangre. Novelas donde todos se morían al final, como en la Biblia. Cuando uno es joven es común coquetear con la muerte; solamente cuando uno crece empieza a quejarse del colesterol o de la rodilla que se quebró cuando saltó de un primer piso y ahora duele como la mierda cada vez que va a llover.
            A mi ese coqueteo nunca se me pasó: más bien empeoró. No puedo pasar ni medio día sin pensar en morir."
            Empezó a sacarse la camisa, lenta, metódicamente. La arrojó al lado mío y siguió por el cinto, los zapatos, los pantalones. Miró el mar, al lado nuestro, tan misterioso hoy como lo era para los primeros hombres que pisaron esta tierra.
            Se tiró de cabeza y el mar lo tragó casi sin ruido, como si Martín fuese también de agua. Sonreí, mientras empezaba a sacarme la camisa yo también.
            Iba a ser una larga noche de casi morir.

            Habíamonos conocido en una reunión de suicidas anónimos, grupo que abandonamos a las pocas semanas de comenzar a charlar entre nosotros. Naturalmente, nuestros compañeros eran gente perturbada, que realmente necesitaba alguna clase de ayuda; muchos habían pasado por iglesias, psicólogos y parapsicólogos alternativamente, pero ninguno había logrado un avance significativo. Justamente por eso estaban en la ronda de los que querían matarse.
            Pero Martín Bonavena era distinto. No tenía ni el sufrimiento ni la locura pintados en la cara: cuando uno lo miraba solamente podía encontrar un pozo de cordura, de una cordura tan profunda que uno podía ahogarse en ella. Cordura y un aburrimiento mortal ante los llantos y los moqueos de los buenos hombres y mujeres que integraban nuestro deprimente grupo.
            En un principio, pensé que nos despreciaba. Esto era parcialmente verdad, porque Martín Bonavena despreciaba a todo y a todos. Un suicida no es sino alguien que desprecia la totalidad de las cosas, incluyendo su propia vida.
            Pero lo cierto es que Martín estaba aburrido, igual que yo. Nuestros compañeros de grupo exhibían un abanico gris de excusas para lo que habían intentado: violaciones, orfandad, deudas y un largo etcétera que os podéis imaginar. Cuando, eventualmente, me tocaba el turno de hablar y desahogarme, lo único que podía hacer era negar con la cabeza y ceder el lugar a alguien más atormentado que yo.
            Me daba vergüenza decir que, simplemente, estaba cansado. Llevaba el peso del mundo sobre los hombros, llevaba cada grito y cada miseria humana en el corazón. Es difícil llegar hasta ese estado de empatía, y describir los procesos que llevan hacia él no solo es complicado sino también inverosímil e improductivo. No es mi intención victimizarme ni asumir el rol de mejor-persona-sobre-la-tierra, así que dejémoslo simplemente en que el mundo me parecía un asco, igual que vivir en él. Si queréis podéis suponer que era un capricho de adolescente depresivo que duró hasta los treinta-y-tantos. Realmente no importa.
            La situación de Martín era similar a la mía pero ligeramente más aguda: a los problemas existenciales y a la profunda empatía (la cual nos llevaba irónicamente a una postura que parecía desprecio por la vida humana) había que sumarle una intensa consciencia del fracaso profesional. Bonavena llevaba treintaicinco años ininterrumpidos de libros abortados y publicaciones desastrosas. Negaba brutalmente que esto lo afectase, pero con el correr de las semanas pude verlo a través de él. Llegó un punto en el que parecía gritarlo en cada palabra.
            Y, además de todo eso, era escritor. Los únicos escritores que no quieren suicidarse son los exitosos, y, a veces, estos también.
            Ahora, años después de conocerlo, tiendo a creer que era demasiado bueno para nuestra época. Que, de haber nacido en otro tiempo, hubiese alcanzado la fama y la paz espiritual que tanto quería, a pesar de que siempre me recalcó que, para ser artista, todos los momentos de la historia fueron contraproducentes. Él estaba completamente seguro que nacer en la edad media o en el futuro era exactamente lo mismo.
            Su frase favorita era "Para mí, vivir es arte y morir, ganancia". Tengo la certeza de que la había robado de algún lado, pero nunca quiso admitir de donde.
            Su libro favorito era El sobrino del mago. Le gustaba andar en bicicleta de noche, los cementerios, la música country, fumar y emborracharse. 

            Luego de abandonar el grupo de ayuda seguimos viéndonos: habíamos desarrollado una amistad precoz pero aparentemente verdadera. No quiero aburriros con los detalles de nuestro tiempo juntos: cenábamos, mirábamos partidos de futbol, íbamos al casino, nos sentábamos en la escollera a fumar y a tomar vino barato. Alargarme en la descripción de nuestros encuentros comunes solamente desviaría el foco de atención de lo que realmente importa, que fueron las semanas que vinieron.
            Admitimos que, ya sea por tabúes o por un retorcido instinto de conservación, los humanos encontramos barreras enormes a la hora de matarnos. Nadie efectúa una decisión tan trascendente al primer impulso de concretarla, y algunos puede vivir con el secreto deseo del suicidio durante toda su vida, hasta caer en las garras de la muerte por causas totalmente naturales.
            Como sea, nosotros, a pesar de nuestros intentos (yo había tratado de ahorcarme, él se había cortado las venas. Quienes no crean en el azar pueden ver la extraña y caprichosa mano del destino en el hecho de que a ambos nos habían salvado los porteros de nuestros respectivos departamentos), todavía teníamos esa gran inquietud, esa barrera invisible que no nos dejaba finiquitar nuestro paso por la tierra. Asimismo, cada día de vida era una agonía: caminábamos por el filo de la navaja, como quien dice. Seguir viviendo era un trámite innecesario y casi torturante; matarnos nos aterrorizaba secretamente. Uno puede ansiar terriblemente la muerte, pero hay que ser terriblemente estúpido o terriblemente inteligente para caminar hacia ella sin tener miedo.
            Todas las ideas brillantes provenían de él y esta no fue la excepción. "No podemos matarnos" me dijo "pero tampoco podemos vivir en esta estado de hastío perpetuo. Hay que hacer algo que nos haga sentir vivos".
            Tuve cierto temor cuando escuché lo que dijo, pero no tardó mucho en sacar dos bicicletas del garaje. Me señaló una y comenzamos a andar.
            Por capricho de la geografía, la ciudad de Mar del Plata posee una loma enorme casi llegando a la costa. No sabría deciros cuan alta es en su punto máximo, pero la cuesta abarca una buena cantidad de cuadras, digamos ocho o nueve, tan empinadas que son imposibles de subir si no es en auto o a pie. Luego de llegar a su cumbre, la loma baja con la misma pendiente terrible hasta chocar con un acantilado, el cual, mediante una serie de escaleras y rampas, conduce a una playa bastante popular.
            Martín vivía no muy lejos de esa loma, y hacia allí nos dirigimos. No era demasiado complicado adivinar qué se proponía.
            Llegamos a la cumbre de la loma de Colón y le dimos la espalda a la costa: delante nuestro se abria una bajada ominosa, casi digna de un parque de diversiones. Giré la cabeza y le dediqué una sonrisa cómplice, con cierto aire de superioridad, como diciendo "sí, ya sabía qué estabas planeando".
            Pero no, no sabía. Sacó una tenaza del bolsillo y procedió a cortar metódicamente los frenos de su bicicleta. Cuando terminó, hizo lo mismo con los míos. Fue su turno de sonreír.
            Sin decir nada, comenzó a pedalear hacia el abismo de cemento que se nos ofrecía delante.
            Para quien se ha querido ahorcar y sintió una soga apretándole el cuello, tirarse por una loma sin frenos debería ser, valga la redundancia, un paseo en bicicleta. Pero sorprendentemente sentí miedo, un miedo inexplicable atenazándome cada uno de los miembros: el viento me pegaba en la nuca, advirtiéndome que estaba en el punto más alto de mi ciudad, y a pocos segundos de abandonarlo. Allá abajo, Martín pedaleaba con furia y su descenso se hacía cada vez más frenético.
            Lo seguí. Lo hubiese seguido hasta el fin del mundo gracias a esa inexplicable simpatía que sentimos los condenados entre nosotros, pero por esa noche bastó seguirlo mediante una bajada diabólica hasta la calle Lamadrid. Era de noche y nos cruzamos poquísimos autos en los segundos que duró el descenso. Nos insultaron y nos tocaron bocina, no sé si enojados o preocupados por nosotros. Sea como fuese, no podía reprocharles nada.
            A mitad de camino apreté instintivamente los frenos hasta que me dolieron los nudillos. Ahí, mientras cabalgaba un caballo de aluminio que galopaba a una velocidad pasmosa, probablemente hasta terminar empotrado en la carrocería de un auto, ya no era un suicida sino un hombre aterrado, un hombre que quería vivir. Apreté los frenos hasta que me dolieron los nudillos, hasta que me dolió la muñeca, hasta que escuché el crac de las piezas de plástico. Hasta que la bicicleta llegó adonde la cuesta finalmente se suavizaba y un obstáculo invisible cortó la gloriosa estampida.
            Me volví uno con mi bicicleta. Rodamos en una orgía de carne, metal y plástico.
            Me desperté, aparentemente, un par de minutos después, con la difusa consciencia de una pasta caliente que me chorreaba por la cara: la toqué sin entender. Me miré la mano, empapada en mi propia sangre, roja como una bandera soviética. Creo que grité un poco, hasta que Martín apareció adelante mío, con un brazo colgando inútil en su costado derecho y la nariz vomitando bilis colorada. Me sonrió como si fuese un nene, y creo que yo también le sonreí.

            Nos hicimos adictos a la inmortalidad. Soft-Ruleta Rusa, Seis Nudos, cruzar semáforos en rojo en hora pico, varios autodenominados Juegos de la muerte, jogging por los barrios más peligrosos de la ciudad (en una de estas ocasiones recibí un balazo en la pierna derecha), competencias de sobredosis, conducción a velocidades altísimas: probamos todo durante semanas. Nuestro estilo de vida se había vuelto algo tan vil, tan decadente, tan poco recomendable... Pero nos sentíamos vivos, más vivos que nunca. Vivir con un pie adentro de la muerte es lo que hacemos todos todo el tiempo, pero sacarse el velo de los ojos y verlo por uno mismo -ver el precipicio, a centímetros de lo que llamamos seguridad- es una experiencia única. Una vez cocinamos 20 madalenas y a una le pusimos una dosis tres veces letal de veneno: las mezclamos sin marcarla y comimos hasta hartarnos. Fueron las madalenas más sabrosas que comí en toda mi vida.
            Milagrosamente, siempre salíamos vivos de todas estas experiencias. Creo que ni por un momento realmente llegamos a sentirnos invencibles, pero no nos importaba. Hacíamos todo eso porque realmente buscábamos morir, así que cualquier situación era una victoria para nosotros: O la adrenalina, o nuestro propósito. Cada día era un día que le ganábamos al mundo.

            Me arrojé al agua, imitando torpemente el clavado de Martín. El agua estaba tibia: si uno se mantenía abajo no se daba cuenta que estábamos en pleno julio. Ya habíamos hecho esto hacía no mucho. El plan era dirigirnos hacia la playa debajo de la loma, símbolo de nuestra iniciación en el pequeño pero multiforme mundo de la autodestrucción. Si uno mantenía la serenidad, nadar de noche era una experiencia no sólo hermosa sino también sencilla.
            El mar estaba bastante agitado. Braceé cada vez más fuerte, encontrándome prácticamente en el mismo lugar. ¿Era una ilusión provocada por el creciente miedo, o realmente no podía avanzar? Me costaba respirar. Brazos invisibles rodearon mis piernas, tirando de mí para hundirme en las aguas oscuras del mar atlántico.
            Tuve una certeza atroz.
            Iba a morir ahí, estaba seguro. Iba a morir ahí, en el último lugar en el que quería morir. Iba a morir ahí, justo cuando finalmente estaba pensando que quizá podría encontrar algo por lo que vivir. Mañana, pasado o la semana que viene encontrarían un cadáver hinchado y con gustito a sal, y no sería más que un comentario de sobremesa.
            Mi nombre sería "¿Viste ese pobre pibe que encontraron en la playa?" o "Hay que ser pelotudo, eh...". Mi legado sería un triste y solitario titular amarillista.
            Cada vez más plomo en los brazos, menos aire en los pulmones, más pelos en los ojos, más frío, más frío, más frío. Arden las coyunturas y raspa la garganta y el mar traga y traga y las luces de la ciudad son cada vez más opacas.
            Me muero. Me voy a morir ahí, en donde empezó la vida. Martín seguro podría llegar a decir algo poético sobre eso.
            Mi cuerpo es agua y sal. Mi mente, burbujas y espuma.
            No puedo nadar más y toso o vomito agua. Atrás mío, por el este, empieza a subir la débil aurora. El cielo es azul oscuro, hermoso, como nunca lo había visto.
            Y finalmente toco arena y camino sobre ella, escupiendo, agarrándome con las uñas del suelo barroso por miedo a que el agua vuelva a tragarme para no soltarme más. Realmente no, nunca quise morirme.

            Me senté desnudo sobre la arena, con el viento carcomiéndome la piel. Temblaba incontrolablemente, pero estaba vivo. El único ruido de toda la playa era mi mandíbula chocando salvajemente contra sí misma.
            Ya amanecía. Las madalenas del veneno y ese amanecer eran las mejores sensaciones que había tenido en mi vida. 
            Esperé hasta que el día dominase todo el panorama: debían ser las ocho de la mañana. Martín ya debería estar ahí. Seguro yo había tardado mucho en el agua y decidió esperarme en la casa. Siempre guardábamos ropa extra allá.
            Caminé desnudo y a paso rápido por las calles vacías de la ciudad. Siempre hacíamos estas cosas en feriados o domingos, para evitar preguntas incómodas o posibles víctimas colaterales. Eramos imbéciles, sí, pero no tan egoístas.
            Llegué a la casa gritando el nombre de Martín, pero solamente me respondió el eco entre sus muebles, sus fotos, sus libros. No estaba ahí.
            Lloré un poco, pero todavía tenía la cara mojada con agua de mar y no me di cuenta.

            Recompuse mi vida. Tengo un trabajo estable, una casa, vacaciones pagadas en Brasil y una cuenta bancaria repleta que casi no uso. Estudio una segunda carrera por la noche: mantener el tiempo lo más ocupado posible es vital. Cada tanto voy al grupo de Suicidas Anónimos y les cuento mi experiencia, aunque recortada y tergiversada; no sería muy buen ejemplo para una persona que está tratando de rehabilitarse. Veo las caras de los pobres infelices que allí asisten y no puedo evitar sentir una angustia terrible. A veces tengo que ir al baño a llorar un rato, no sé si por ellos o por mí.

            Y cada tanto salgo a la calle cuando todavía es de noche y recorro los lugares que visité junto al mejor amigo que jamás tuve. Leo sus novelas, ahora casi best-sellers gracias a su curiosa muerte. "¡Oh, Martín Bonavena era un genio, su prosa impecable, como expresa sus sentimientos esta exquisita alma torturada!" dicen los críticos obedeciendo a su naturaleza, llegando, como los buitres, después de los cadáveres. No les guardo rencor. Conozco el gusto de la muerte y este es exquisito.   
            A fin de cuentas, el mundo se divide entre cadáveres y buitres. No hay nada más.
            Cada tanto me saco la ropa y nado, nado hasta ver el amanecer. Nado hasta acalambrarme y hasta olvidarme que estoy vivo. Hasta ser uno con el mar, el infinito mar, el mar creador. El mar que se abre como una boca inmensa, omnipotente, negra.

            Pero nunca tengo suerte, y siempre termino llegando a la misma playa.

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuentos y Mitos de Vapórea I: el Dragón y Juno

                Hace mucho, muchísimo tiempo, existía un lejano e ignoto reino, de grandes torres sombrías y castillos rojos, sumergidos entre una niebla que nunca se disipaba. El Sacro Reino de Vapórea era la nación más grande del mundo, aunque todavía era bastante pequeña comparada con lo que después fue.
                Aconteció que, un día, alas negras y escamosas se divisaron en el horizonte y todo el pueblo de Vapórea se estremeció de terror: un enorme dragón negro voló por encima de la costa, dejando un rastro de aldeanos temblorosos y olor a azufre. La enorme bestia pasó por encima de los castillos silenciosamente, como si fuese una amenaza hecha de viento, hasta que se perdió en el brillo agonizante del sol poniente.
                El rey de Vapórea era un hombre gordo y bonachón, pero bastante tonto: ni bien el dragón pasó y pudo salir de su escondite debajo de la cama, convocó a todos los magos del reino (porque todos sabemos que los magos son los únicos versados en el estudio de los dragones) en una asamblea urgente para decidir qué debía hacerse respecto a la amenaza que representaba el monstruo que había sobrevolado la ciudad. Según uno de los vigilantes de la frontera que había llegado a caballo pocas horas después del avistaje de la bestia, el dragón se había asentado en una alejada torre abandonada, a poca distancia de la frontera de Vapórea.
                Largas horas de discusiones pasaron hasta Víctor Levi, representando a la asamblea de magos y hechiceros dio su veredicto unánime: el dragón debía de ser perseguido, acorralado y asesinado, para proteger a los inocentes ciudadanos de Vapórea. El plan debía ser ejecutado cuanto antes; la bestia, ahora que había encontrado un escondrijo, probablemente estaría dormida y desprevenida. Podrían sellar la torre con un hechizo de protección y, ya encerrado el dragón, quemarla con él adentro.
                El rey dio su beneplácito y, fijando la fecha para dar caza a la bestia en un mes a partir de la fecha, dio orden de que los soldados afilasen sus espadas y los magos preparasen sus hechizos.
                Víctor Levi tenía una pequeña hija llamada Juno. Era una niña encantadora, de bucles dorados y pecas abundantes, que gustaba tanto de jugar con casitas y muñecas como con espadas de madera y caballos consistentes en palos de escoba e imaginación. Juno pasaba largas horas jugando en el castillo Carmesí, la residencia del rey donde su padre era el jefe de todos los magos: corría por todos los pasillos buscando pinturas viejas o jugando con los centenares de gatos que habitaban en la fortaleza. Cuando no estaba ocupada en esos menesteres, gustaba mucho de ir a la cocina del castillo, donde todos los servidores la conocían y solían regalarle dulces.
                El día que el dragón fue visto por primera vez, Juno había logrado encontrar un pequeño pasadizo que nacía detrás de la chimenea de la biblioteca real. Caminó por él hasta finalmente llegar a un espacio detrás de la pared de la sala principal, donde escuchó a su padre hablar de lo que sería la cacería del dragón. La niña, que había estado jugando toda la tarde en las paredes interiores del castillo, se sorprendió muchísimo: la sola mención de un monstruo que solo aparecía en cuentos y leyendas la emocionó al punto de que tuvo que desandar todo el camino y salir a la biblioteca para poder expresar su satisfacción con un grito triunfal.
                Un dragón. Un dragón en la mismísima Vapórea.
                Su padre y los demás adultos jamás podrían comprender. Ellos solo veían las cosas como posibles peligros. Los magos ni siquiera apreciaban la belleza de las estrellas si no era para intentar predecir el futuro en base a ellas. El rey y los generales no querían conocer otras naciones más que para ver cómo podían aniquilarlas. No, los adultos jamás entenderían realmente lo que estaba sucediendo.
                Juno sentía que debía ver al dragón con sus propios ojos antes de que su padre le haga algo. Dudaba que pudiesen matar al dragón, pero por lo menos lo ahuyentarían, y ella no iba a permitir que eso pasase hasta que por lo menos pudiese verlo. Si no lo lograba, sabía que se arrepentiría toda su vida.
                Ese mismo atardecer, antes de que las puertas de la ciudad se cerrasen, la pequeña niña escapó de la fortaleza en dirección oeste, hacia la torre abandonada. Solo llevó su vestido favorito y una mochila cargada de toda la comida que pudo sacar a hurtadillas de la cocina, mientras sus amigos no estaban atentos.
                Juno caminó durante cinco días y cinco noches hacia donde el sol se pone. A pesar de que se encontraba en campos salvajes, la niña caminó siempre hacia adelante, con la única esperanza de ver la escamosa piel del monstruo, sin temerle a nada en el camino que la llevaría hasta él.
                La luz de las estrellas bañaba la torre abandonada cuando la pequeña la divisó por primera vez. Era un enorme cilindro hecho de madera y ladrillos que se erguía como intentando tocar el cielo, pero su aspecto ruinoso inspiraba más lástima que reverencia.
                Nuestra diminuta heroína se acercó despacio, ahora ya sintiendo todo el miedo que debería haber tenido al dejar su hogar y al recorrer el lúgubre camino hasta su meta. En todo el viaje hasta la guarida del dragón nunca había pensado en su padre. Quizá estuviese desesperado, buscándola por todo Vapórea montado en un brioso corcel blanco y portando una espada de llamas, dispuesto a vencer al mismísimo dragón para recuperar a su pequeña hija.
                Sin embargo, Juno sabía que lo más probable era que su padre ni siquiera se hubiese percatado de su ausencia. La niña sacudió la cabeza para alejar esos pensamientos. Ella se había escapado y debía seguir hasta el final, hasta ver al dragón con sus propios ojos.
                Caminó en puntillas de pie hasta la entrada de la torre. Un resplandor naranja salía de todas las ventanas y huecos ruinosos de la torre como si una hoguera ardiese adentro de la edificación.  Un gruñido ronco y cansado, como si fuese un fuelle roto, vibraba por todo el aire.
                Juno finalmente entró en la torre derruida.
                Enrollado en el pilar central de la construcción estaba el dragón. La niña esperaba ver un enorme y aterrador monstruo, pero, para su sorpresa, encontró un dragón viejo y cansado, respirando como podía entre toses y estornudos. Era grande, sí (como todos sabemos, los dragones se vuelven más grandes con el tiempo, siendo los de mayor tamaño los más ancianos), pero no tanto como se lo había imaginado. El color negro del dragón era opaco, como el pelaje de los gatos del castillo cuando están enfermos. Las escamas que lo recubrían estaban gastadas, y muchas hasta ausentes; la armadura natural de la antes imponente bestia ahora estaba llena de agujeros.
                El plan original de Juno era introducirse en la torre a hurtadillas, mirar al dragón todo lo que pudiese e irse sin ser notada antes de despertarlo, pero ahora que había podido contemplar el estado en el que se hallaba no le tenía ninguna clase de miedo; la niña se acercó al lugar de reposo del dragón con seguridad, pero también con cautela.
-¿Qué hacéis aquí, niña? -dijo el dragón de improviso, sin mirarla.
-Me perdí -mintió Juno, aturdida todavía por la voz de trueno del reptil.
                El dragón giró su enorme cabeza lo suficiente como para poder observarla con su ojo izquierdo. Era un poco gracioso, pensó Juno, darse cuenta que no podía ver bien de frente como los pájaros.
-¿Sabéis que mentirle a un dragón no solo es peligroso sino también algo muy tonto? Según dicen, los dragones somos los padres de la mentira. Es imposible engañarnos -el dragón tosió fuertemente entre espasmos, y luego prosiguió -. Dime por qué perturbáis mi descanso.
-Bueno, señor dragón, mi padre me ha enseñado que es de mala educación hablar con desconocidos, así que debería decirte mi nombre. Me llaman Juno; buenas noches, señor dragón -Juno extendió su mano abierta hacia la serpiente en un gesto amistoso.
                En los siglos que había abarcado su existencia, el monstruo jamás había contemplado nada así. Adónde iba sembraba el terror, aunque hacía ya mucho tiempo desde que se dedicaba a destruir reinos. En su vejez, lo único que quería era el descanso; lejos estaba ya la gloria del combate o el sabor de la carne humana.
-¿Acaso no me teméis? -inquirió, reptando hacia la pequeña y abriendo ligeramente sus alas de ébano.
-¿Por qué habría de temerte? -respondió ella, con voz tierna -. No te he hecho nada malo, tú no deberías hacerme nada malo a mí.
-Deberíais de temerme porque soy un dragón -dijo la bestia, hastiada -. Además, el mundo no funciona como dices, pequeña. Tarde o temprano entenderéis que no basta con solo ser bueno -El enorme reptil se giró hacia un costado y le mostró una gruesa lanza que tenía clavada en uno de los cuartos traseros -. Hace un tiempo estaba durmiendo en una montaña y un grupo de hombres vino a cazarme, aún cuando jamás había estado antes allí. Tuve que escapar, herido y ofendido por nada menos que ¡humanos! Si hubiese querido podría haber exterminado a todos, pero decidí perdonarlos; como paga, ahora llevo esta enorme lanza clavada en mi cuerpo. No, a veces ser bueno no basta.
-Pues yo creo que sí. Hace unos meses, un pinche de cocina no me quería: cuando pasaba cerca mío me molestaba, y jamás quería regalarme dulces -Juno se sentó sobre la tierra, no muy lejos ni muy cerca de su singular interlocutor -. En vez de molestarlo yo y hacerlo enojar más, le hice un lindo lindo lindo dibujo con crayones. Era un chico muy feo, como casi todos los pinches del castillo, pero lo dibujé tan bello que cuando lo vio se puso a llorar. Señor dragón, continúa devolviendo cosas buenas cuando le dan cosas malas, quizá algún día la gente empiece a verlo como una criatura bondadosa.
                El dragón no contestó nada y se echó, con los ojos cerrados y la respiración irregular. Juno siguió sentada en el piso de la torre derruida, haciendo pequeños dibujos con el dedo.
-Niña -dijo el monstruo con su voz serpenteante -... ¿Sigues allí?
-Aye, señor dragón.
-Los humanos solían llamarme Ecthelion, azote de reinos. Es un placer conoceros.

                Juno pasó la noche en compañía del dragón, el cual, con el pasar del tiempo, demostró ser un mejor amigo que todos los niños que ella había conocido en el castillo carmesí. Tanto disfrutó de la conversación con Ecthelion que Juno olvidó su plan de volver lo más rápido posible con su padre. Ni bien rayó el alba en la lejanía, la niña salió de la torre y buscó bayas y vegetales para desayunar junto al dragón.
                Durante todo ese día y el siguiente, y el siguiente después del siguiente, Juno se dedicó a intentar sanar las heridas que los hombres habíanle provocado al enorme reptil. Luego de mucho esfuerzo logró sacarle la enorme lanza que llevaba clavada en el anca izquierda, pero esta no era la única lastimadura que Ecthelion sufría. En la piel del pecho, desprovista de las gruesas escamas que protegían su lomo y flancos, llevaba varias docenas de flechas incrustadas, las cuales Juno quitó una por una, para luego lavar cuidadosamente los arañazos que habían provocado.
                Luego de haber terminado de restablecerse, Ecthelion demostró una mejoría no solo en como respiraba sino también en su humor. Juno, como quien dice una obviedad, le explicó que las heridas no dejan pensar a la gente y que todos los humanos deberían curarse entre sí para que el mundo sea feliz; acto seguido corrió a bañarse a un río cercano, bajo la protectora mirada del dragón. Mientras la niña nadaba en la mansa corriente, Ecthelion solo podía pensar en que la pequeña se había referido a él como un ser humano. La armoniosa risa de la niña lo sacó de sus pensamientos.
                Pasaron más días de armoniosa convivencia. Durante el día, Ecthelion le contaba acerca de acontecimientos que habían pasado eones antes del nacimiento de Juno; la caída del Gran Enemigo, la división del mundo y la gran oscuridad que sobrevino, las guerras dracónicas y, por fin, la desaparición de los dragones y el surgimiento de los hombres. La infanta absorbía estos conocimientos con un asombro propio de su edad, sin desviar la atención ni un solo segundo de la sibilante vos de Ecthelion.
                Juno también había aprendido a volar sobre el lomo del dragón. Con un poco de torpeza y mucho miedo al principio logró subir en la nuca del monstruo. Practicaron durante horas como tenía que sostenerse con piernas y manos para no caerse, y cuando Ecthelion estuvo seguro de que no lo haría, levantó un vuelo suave y lento, como el caer de una pluma pero hacia el cielo. Volaron juntos hacia una montaña cercana y allí se posó, cerca de la cima: viento frío y pequeños copos de nieve los rodeaban, pero el calor que manaba del dragón era suficiente como para que Juno ni siquiera se percatase del clima.
-Os estaba contando, pequeña Juno, acerca de la desaparición de los dragones.
-Aye, sir dragón -le respondió Juno. Le divertía tremendamente tratar a Ecthelion con la pompa noble que había aprendido en el castillo. Después de todo, el monstruo la merecía mucho más que los verdaderos sires y lores de Vapórea -. Sigue, por favor.
-Cuando el mundo se llenó de frío y blanco muchos dragones no lo toleraron, y decidieron morir antes que seguir viviendo miserablemente, escondidos en cuevas profundas o en el interior de los volcanes. Antes que eso, los dragones eramos una raza extensa, como ahora son los humanos: no había un solo lugar donde no pudiese encontrarse uno de nosotros. Bastaron dos siglos de crudo invierno para que casi todos desaparezcan de la faz de esta tierra -la voz de Ecthelion ya no parecía la de un dragón. De no poder ver, Juno habría jurado que estaba en la sala común de Vapórea, escuchando a algún anciano contar la historia de su vida. Ella sabía que, si sus lágrimas no se evaporaran antes de poder escaparse por sus ojos, el dragón estaría llorando -. Perdí a todos mis compañeros. Los dragones somos seres solitarios, sí, pero nunca me hubiese imaginado lo que era realmente la soledad hasta que sucedió la catástrofe.
                Juno no sabía qué decir. Su único contacto con la pérdida de un ser querido había sido hacía ya un siclo, cuando Sir Patas, su gato favorito del castillo, había caído por una ventana a quince metros de altura.
-Mirad al cielo, pequeña Juno. Ved las estrellas.
                La montaña donde estaban era tan alta que ni siquiera las nubes obstruían la visión de los astros. El cielo nocturno era una miríada de puntos blanquecinos titilantes, todos parte de un intrincado dibujo que Juno no alcanzaba a comprender, como los cientos de libros que formaban la biblioteca real. La niña quedose con la boca abierta, estupefacta.
-Cada dragón que decide irse de esta tierra no muere, sino que asciende a toda velocidad hacia la cúpula que llamamos cielo, y allí todo su calor y su vida se transforman en una estrella.
-Son muchas estrellas -respondió la niña, sin poder entender.
-Son todos los compañeros que perdí -afirmó el dragón, cerrando los ojos, como si quisiese solamente sentir la noche -. Conocí a todas esas estrellas. Podría deciros los nombres de cada uno de ellos.
                Juno acarició la escarpada piel de Ecthelion y lloró con él.

                El dragón cumplió lo que había dicho, y noche tras noche, antes de dormir, subía a la montaña con la niña en su lomo y le enseñaba los infinitos nombres de las estrellas, así como también qué eventos futuros profetizaban. Luego, cuando la luna estaba en su punto más alto, volvían a la torre y descansaban, para así poder emprender un día nuevo de aventura y amistad. Juno ni siquiera recordaba cuanto tiempo había pasado desde su llegada a la torre derruida; no recordaba a su padre, ni a Vapórea, ni al Castillo Carmesí. Ecthelion le estaba enseñando un mundo nuevo, un mundo más maravilloso que los centenares de corredores de la fortaleza donde vivía.
                Pero Juno fue forzada a recordar. Una noche, cuando la luna ya casi volvía a su forma redonda, subieron a la montaña desde donde observaban las estrellas. Ecthelion le estaba explicando qué significaban las tres estrellas compañeras que vosotros llamáis Orión, cuando de repente su compañera quedose pasmada al observar el oscuro horizonte de la campiña. El dragón siguió su mirada y vio pequeños puntos de luz casi estáticos: sin embargo, un par de minutos antes no estaban ahí.
-Sir Dragón, debes marcharte... ¡Debes marcharte ya! -gritó la infante, terriblemente asustada. El monstruo jamás la había visto así en su compañía, ni siquiera en su primer encuentro.
-¿Qué sucede, pequeña Juno? -preguntó el dragón, alertado.
-¡Mi padre... Mi padre viene a matarte! -dijo Juno cuando pudo respirar entre las lágrimas -. Hazme caso, te matarán si te quedas aquí.
                Ecthelion reflexionó. Después de tantos siglos, había encontrado una compañera, un ser que era capaz de mirarlo frente a frente sin ningún temor. Había encontrado la amistad. Volver a la soledad era imposible: si hubiese podido sentir escalofríos en su cuerpo de reptil...
-No os abandonaré nunca, pequeña Juno -dijo, resuelto y mirando las amenazadoras e ínfimas luces en lontananza -. Nunca.
-No quiero que te vayas, Sir Dragón -respondió la niña, con el rostro colorado por el llanto -. Pero si te quedas...
                La bestia observó el cielo, manchado de incontables puntos blancos que eran sus hermanos perdidos, y comprendió. Quedarse hubiese significado para Juno lo mismo que la extinción de los dragones había significado para él.
-Pequeña Juno, dejad de llorar -imploró Ecthelion, con la voz más dulce que pudo (la cual seguía siendo bastante lúgubre) -. Volvamos a la torre, quizá allí se nos ocurra algo.
                Juno se limpió la nariz y los ojos con las mangas de su vestido y asintió mientras subía al lomo de su único amigo en el mundo.

                Faltaban dos días para la luna llena y, por consiguiente, la cacería del peligroso dragón que habíase instalado en la torre derruida de la frontera oeste. Los ejércitos de Vapórea marchaban tras sus banderas rojas, todos caminando al unísono, sin redoble de tambores ni gritos de batalla para no alertar a la bestia que iban a cazar. Detrás de los soldados, todos los magos del reino viajaban en enormes carromatos repletos de lujos; con ellos iba el rey, para verificar en persona que la amenaza había sido suprimida.
                Ecthelion, con la sabiduría de los tiempos, había formulado un plan. Lo contó a Juno, y la pequeña comprendió de inmediato; era muy simple, sí, pero efectivo. El dragón y su compañera trabajaron sin descanso para lograrlo, juntando toda la madera que pudieron de los alrededores: Ecthelion cargaba enormes troncos en su boca, y Juno todas las ramitas que sus brazos pudiesen cargar. La noche cayó y los encontró exhaustos, la niña abrazada al cuello de su camarada.
                El día siguiente fue aún más difícil. A Ecthelion le tomó muchas horas lograr desprenderse de su piel, así como hacen las serpientes menores. A su edad, le dijo a Juno, los dragones no suelen hacer estos reemplazos; su piel escamosa se queda donde está por siglos, haciéndola todavía más dura. Mientras lo hacía, Ecthelion soltaba algunos resoplidos de dolor, pero trataba de ocultarlos lo mejor posible mientras le sonreía a la niña. Cuando finalmente terminó, depositó con suavidad su propia piel sobre el enorme colchón de madera que habían juntado, como si de una ciclópea pira funeraria se tratase.

                Víctor Levi iba ahora al frente de los ejércitos de Vapórea, ya con la torre a la vista. Dio la orden de alto levantando un puño: de inmediato los soldados clavaronse al piso como banderas. El jefe de todos los magos estaba a punto de gritar algo cuando vio una pequeña niña venir corriendo hacia él; la reconoció de inmediato y partió a su encuentro al galope.
-¡Juno! -gritó cuando llegó a su lado, con una mezcla de ira, desesperación y alivio -¡Qué haces aquí! ¿Sabes cómo lloré tu ausencia allá en Vapórea? ¡He pensado que te caíste en un pozo, que habías muerto! He tenido que venir aquí, a este inmundo lugar, a cumplir mi misión pese a haber querido buscarte por todo el cielo y la tierra. ¿Puedes explicarme qué haces aquí?
                Por toda respuesta, Juno lloró y lo abrazó. Las explicaciones vendrían después, pensó Víctor, mientras abrazaba fuertemente a su hija. Sin soltarla, tomó las riendas del caballo y galopó hacia donde estaban los soldados, llorando igual que su primogénita, pero no por igual motivo.

                El rey no estuvo contento hasta ver las mismísimas cenizas del dragón, entremezcladas con las escamas que habían logrado soportar el fuego mágico de sus magos. Al ser sellado en la misma torre que servíale de refugio, la peligrosa bestia ni siquiera había sido capaz de oponer resistencia; la cacería había resultado tan satisfactoriamente que el rey decidió ofrecer un banquete para sus servidores a la sombra de la torre derruida. Víctor Levi y sus acólitos fueron condecorados allí mismo con el título de conde, y a su hija, Juno, que había estado perdida tan cerca del peligro, le regalaron un brioso caballo negro, de manera que olvide los terrores que probablemente había pasado estando un mes sola.
                Volvieron todos a Gran Vapórea, pensando en qué harían cuando estuviesen de vuelta en sus hogares. Los soldados querían volver a estar con sus familias, los magos con sus pociones, el rey con su oro y sus lujos. Ya casi nadie recordaba que había habido un dragón dentro de su propio reino.
                Nadie, excepto la única niña que viajaba con ellos.

                Al atravesar las puertas de Vapórea todo volvió a la normalidad. Juno, al regresar, fue castigada con medio año de encierro en su aposento. Podía pedir toda la comida, los juegos y los libros que quisiese, pero Víctor pensó que impedirle vagabundear por los pasillos era escarmiento suficiente para una travesura tan problemática como había sido escaparse de la ciudad. Sin embargo, luego del regreso, jamás le preguntó por qué lo había hecho: el padre de Juno sabía perfectamente qué la había motivado a peregrinar hacia la torre derruida. Muchas veces, en la soledad de su habitación, Víctor sonreía al pensar que él hubiese hecho exactamente lo mismo, e iba al cuarto de su hija a jugar con ella.

                Pasaron los años y Juno Levi creció hasta suceder a su padre en la jefatura de todos los magos. Su perfecto conocimiento astrológico y del mundo natural en general le granjeó una reputación enorme que no decreció ni un poco hasta el final de su vida. Con los siglos, los trovadores vapóreos hicieron aún más grande su leyenda, y hay quien dice que durante toda su juventud tuvo una gran cantidad de encuentros con un enorme dragón negro, fuera de las fronteras de Vapórea. Según estas historias, en su adultez estos viajes cesaron repentinamente, y desde entonces Juno jamás volvió a ser la misma líder que había sabido ser.
                Habladurías y mitos aparte, no se puede negar el aporte de la condesa Juno Levi al conocimiento de Vapórea. Bajo su dirección, no solo la magia sino la ciencia y el arte de Vapórea tuvieron un esplendor que jamás conoció otra época de nuestra nación.
                 Ya al final de su vida, su último hallazgo fue el de una estrella nueva, muy cercana a la luna. Como descubridora, le correspondió a ella nombrar al astro.
                Sin dudarlo un segundo, la nombró Ecthelion, y ese nombre consta en nuestros registros hasta el día de hoy.

sábado, 17 de enero de 2015

Kaishaku


            A pesar de la primera impresión que este relato pueda provocar en el lector, este no es un descargo legal con la intención de desvincularme del incidente del Shopping Ginza, ni es una manera de arrepentirme o victimizarme por lo sucedido. Es de público conocimiento que el extraño acto de Kyoka Ryosuke (y mío, también) tuvo trascendencia no solo en Japón sino internacionalmente; sin embargo, no muchos fuera del país fueron capaces de entender el sentido de tan peculiar hecho. Para la mayoría de los occidentales, ajenos no sólo a la cultura japonesa sino también a la vida y obra de Kyoka-sama, lo que sucedió en el paseo de compras no fue más que un acto de fanatismo lunático.
            Pero nada más alejado de la verdad. Puedo garantizar que Kyoka Ryosuke y yo estábamos en pleno uso de nuestras facultades mentales ese quizá no fatídico veintitrés de enero.
            Conocí al ya mentado Kyoka-sama cinco años antes del suceso. Estaba en una conferencia de la universidad de Kioto sobre literatura medieval en la cual él también era un asistente. Luego de mi ponencia acerca de las similitudes entre el código caballeresco y el bushido (el sistema moral-filosófico-teológico de los samuráis) Ryosuke se acercó a felicitarme. Si había estado terriblemente nervioso durante mi exposición, la presencia del ya famosísimo escritor solo contribuyó a empeorar mi estado.
            Físicamente, era la representación exacta del estereotipo japonés. De poca estatura, pelo corto y demasiado delgado. Los ojos, naturalmente rasgados, permanecían casi cerrados del todo, como si estuviese mirando sospechosamente o fuese miope y quisiese enfocar algo a la distancia. Intelectualmente era como una ola arrasando una población costera: no en vano era el escritor del momento en los círculos intelectuales de todo el mundo.
            Solo pude articular un par de oraciones en un inglés penoso, pero Ryosuke era un interlocutor no solo competente sino también amable y cortés como solo un japonés puede serlo. No es mi intención aburrirlos con detalles sobre nuestras conversaciones que versaban pura y exclusivamente sobre literatura y filosofía, así que solo diré que Kyoka se manifestó sumamente interesado por las similitudes entre los códigos morales occidentales y orientales. La lealtad, el coraje, la cortesía, el honor, la templanza, la benevolencia, todos los ideales que antaño habíamos logrado construir en dos partes antípodas del mundo.
            La barrera idiomática no fue capaz de amilanar nuestra intención de crear una amistad intelectual fuerte y solida, y fue así como gracias a internet logramos mantenernos en contacto constante. Fueron cinco años raros, casi irreales. Yo, un humilde catedrático de la Universidad de Buenos Aires era el confidente de uno de los mejores escritores del mundo. A pesar de la rareza de la situación la acepté con plena confianza: Kyoka me había instruido en el bushido, y tanto la desventura como la buena fortuna eran ya incapaces de turbarme.
            En la media década que transcurrió no solo cambié yo, sino también él, y a medida que él cambiaba yo volvía a hacerlo. Probablemente hastiado del éxito de su carrera literaria, Ryosuke se hundió en una desesperación terrible al ver que su Japón natal estaba siendo consumido por costumbres y maneras totalmente ajenas a lo que constituía el espíritu de su Nación. Preocupación que yo compartía con la misma pasión pero atenuada por dos factores que me hacían tomarla con menor vehemencia: el miedo al chovinismo y mi crianza respecto al patriotismo. Sí, a nosotros podría dolernos ser "invadidos culturalmente" por otro país, pero para un japonés de raza como Ryosuke era algo tan siniestro que ni el mismo infierno era tan malo. Nuestro país, aunque no lo sepamos, se formó en un crisol de distintas razas migrantes, pero el Imperio del Sol Naciente siempre había sido hermético -literalmente- a influencias externas. La muerte del feudalismo en el siglo XIX era una maldición de la que algunos románticos y nostálgicos todavía renegaban.
            En el último año mi amigo nipón había entrado en una grave depresión. Las causas pueden ser intuidas fácilmente por el público sensible: no solo la occidentalización de su país sino también la fatuidad de la vida en general y la poca esperanza en el futuro de la humanidad. Se dice que a los japoneses se les enseña a no demostrar sus sentimientos mediante el autocontrol no porque carezcan de estos sino todo lo contrario; porque tienen un exceso de sensibilidad. Kyoka dejaba ver sus verdaderos sentimientos e ideas en su literatura, pero sin embargo soportaba todo esto con un virtuoso y calmo estoicismo.
            Por ende, debía sufrir el doble que cualquier otro, ya que el propio intento de reprimir todo este caudal de sentir debía suponer mucho más dolor. Creo firmemente en las causas por las cuales Kyoka-sama hizo lo que hizo, pero también es lógico pensar que todo ese dolor, esa punción existencial que sentía lo llevó a su muerte.
            Todavía lo recuerdo acomodando la pequeña esterilla sobre el piso del centro comercial. Nadie lo miraba con demasiada extrañeza; de hecho, nadie lo miraba. Seguramente ya estamos acostumbrados a que nada fuera de nosotros, nuestro trabajo y nuestros productos importa. Siempre la vista al frente, siempre el tiempo contado, siempre intersecciones, pasajes, registros, eyaculaciones baratas.
-¿Por qué haces esto? -le pregunté en su propio idioma. Había logrado aprender bastante.
-¿Tan extraño te parece? -me contestó con una sonrisa de plomo. Me temblaban las piernas y mi estómago bailaba dentro de mí pero él seguía en seiza (arrodillado y sentado sobre los talones) como si estuviese por tomar un té -. Lo importante no es la muerte sino la fuerza que la impulsa. Si hay la suficiente ternura, virtud y sacrificio, la muerte no es muerte sino vida. ¿Qué no es eso lo que os enseñó vuestro máximo héroe occidental?
            Asentí mientras le alcanzaba un pequeño jarrito de sake. La gente, poco a poco, se había congregado alrededor nuestro. Sus rostros eran máscaras, al estilo japonés. Si esto hubiese pasado en mi país habría pequeñas emociones en gestos nimios, alguna que otra sonrisa morbosa. Acá todos sabían lo que sucedía y guardaban la reverencia necesaria.
            Tragó el trago de sake y dejó la botella a un lado.   Con premeditado simbolismo e ironía, garabateó unos versos en la pantalla táctil de su iPhone.

            No soy el primero que hace esto -habíame dicho luego de explicarme su plan- Yukio Mishima lo ejecutó hace 40 años. Lo que importa no es la innovación, sino el espíritu que impulsa el acto. Miles lo han hecho antes y yo seré el último de ellos. Ensuciaré los pisos donde prostituyen mi país y todos los demás. Esto no es por Japón, sino por cada uno de los humanos que viven vidas prefabricadas e importadas de lugares vacíos, informes y sin alma. Con mi muerte me libraré del deshonor de haberme permitido vivir en un mundo tan retorcido.

            Se abrió el kimono blanco y dejó ver su piel igual de pálida. Tenía un pecho delicado y plano, lampiño totalmente. Sin movimiento, sin respiración profunda.
            Creo que me oriné encima. Quería vomitar pero no podía: hubiese sido una ofensa para Kyoka Ryosuke-sama.
            No metió las mangas debajo de las rodillas, como era la costumbre. Supe en ese instante que no quería una muerte limpia, sino hacerla lo más escandalosa posible.
           
            Correr a la muerte, apresurarse al suicidio no es sinónimo de valentía ni de temple. Cuando se sufre más de lo soportable la verdadera valía es seguir viviendo, seguir tolerando lo intolerable.

            Tomó un pesado cuchillo de cocina que había comprado minutos antes en una tienda de nombre inglés, Easy Kitchen o algo así. El joven que nos atendió se sorprendió al vernos vestidos con sendos kimonos blancos, pero no rompió las reglas de la cortesía y nos vendió exactamente lo que le pedimos.
            No gritó cuando el filo se hundió en sus entrañas. No gritó tampoco cuando llevó el corte hacia la derecha, rasgando la piel y llenando el patio central del shopping de olor a excremento. No gritó ni siquiera cuando volvió hasta el ombligo y empezó a cortar hacia arriba, hasta el esternón. Solo respiró un poco más rápido.
            No vi si alguno de los espectadores torció la vista, vomitó o fue a llamar a la policía. Solo podía verlo a él, al mejor hombre que había conocido, destripándose como si fuese un muñeco de trapo.
            Los intestinos cayeron hacia adelante, a la vista de todos. Un paquete de víboras viscosas y púrpuras, como el rostro de mi amigo, a la vista de todo y todos, burlándose de la muerte, retorciéndose y bailando una danza macabra. Los actos reflejos de las piernas, moviéndose con estertores ominosos, terroríficos.
            Nunca olvidaré el olor. Si existe un infierno, seguro huele a harakiri.
            Tomé la espada con la mano derecha pegada a la guarda y la izquierda en la parte más baja, como Ryosuke me había enseñado. Yo era su Kaishaku, el hombre que debía asistirlo y cortarle la cabeza para ahorrarle horas de sufrimiento.
            No sabía hacerlo, definitivamente. Me llevó seis golpes arrancarle la cabeza, ahora sí ante los gritos horrorizados de la multitud. Cuando terminé, estaba empapado en sangre ajena y sudor, orín y excremento propios. Nunca supe si la sangre en mis manos era la de Ryosuke o la que habían destilado mis manos al agarrar tan fuertemente el mango de la katana.
           
            Sin embargo, cuando la muerte vale más que la vida, cuando se debe reparar una ofensa, cuando se debe redimir a un amigo, cuando se tiene que escapar de la ignominia, entonces el seppuku cobra sentido y se vuelve la encarnación del honor, la forma última de inmolación. ¿Acaso no hay nada más noble que sacrificarse para salvar a los demás? La muerte nos devuelve todo honor perdido.

            "Abriré la morada de mi alma y os mostraré cual es su estado
            Ved por vosotros mismos si está contaminada o limpia"
            Rezaba la pantalla del celular que Kyoka-sama había dejado cerca de su cadáver. El kimono estaba empapado de rojo, la cabeza cercenada terriblemente por mis manos torpes, los intestinos desparramados por todo el piso, llegando casi hasta los pies del espectador más cercano. Yo lloré de rodillas como un occidental y me di cuenta que ni Ryosuke ni yo éramos samuráis.

            Fui condenado a quince años de prisión, de los cuales ya cumplí tres. Las enseñanzas de Ryosuke me ayudaron a sobrellevar con autocontrol e indiferencia la condena y el oprobio público de haber -teóricamente- matado las mejores letras que nos había dado la última década.
            En medio de las oscuras noches en la cárcel pienso que el seppuku de mi amigo fue un sacrificio absurdo, que un cuchillo en el vientre no va a cambiar lo que dos siglos de capital e inmoralidad habían logrado construir.
            Y después miro la luna desde la ventana enrejada y me doy cuenta que nada importa más que el honor y la actitud que uno toma frente al mundo. Que no significa nada vivir entre la podredumbre si uno resplandece.

            Y después escribo esto, mi poema fúnebre y mi oda a Kyoka Ryosuke, y después preparo la soga con la que me ahorcaré para restaurar mi dignidad perdida durante los seis cortes que no pudieron cortar la cabeza del mejor hombre que haya conocido jamás.